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Dr.
Mario Monteverde Rodríguez
Fuimos
una generación que creció
con Supermán. Leíamos
las revistas que mostraban al super-héroe
en acción; luego lo vimos en
dibujos animados; ya con artistas, nos
emocionábamos al ver sus destrezas
y superfuerzas al servicio del bien.
Aquél que podía saltar
el edificio más alto de un solo
impulso, que podía detener a
un ferrocarril que viajaba a la máxima
velocidad, y a quien ni las balas ni
los cohetes podían lastimarlo,
era, para nosotros los chicos, un modelo
a imitar.
Está claro que la única
imitación –real- que podíamos
hacer del gran Supermán, se limitaba
a ponernos un disfraz -con la “S”
en el tórax- y la capa roja que
se movía, sólo si nosotros
corríamos, o poníamos
un gran ventilador debajo de ella.
Ya como adultos jóvenes, pudimos
verlo en la pantalla grande, “volando”
- con Luisa Lane en los brazos- con
la ayuda de esos efectos especiales,
que logran que uno se meta en la película.
Pero una vez fuera del cine, el mundo
volvía a la realidad. Y Supermán,
con disfraz y capa, por más que
se empeñara, no podía
saltar más alto que el cubano
Javier Sotomayor, o “volar”
como Sergei Bubka (no estoy seguro,
si el apellido del famoso atleta de
la garrocha, se escriba así)
o ganarle en fuerza al gordito británico
(creo que se llama Glenn), que siempre
arrasa con los premios del “hombre
más fuerte del mundo”.
No, Christopher Reeve, sin la ayuda
de la tecnología, no podía
ni “volar” ni “saltar”,
ni “detener” un ferrocarril.
Aún con el disfraz puesto.
Pero se convirtió en un verdadero
héroe, un héroe a imitar,
cuando, fuera de escena, en un espectáculo
ecuestre, en Virginia, el 27 de mayo
de 1995, se cayó del caballo
y quedo cuadripléjico, atado
a un respirador, y en una silla de ruedas.
Y se convirtió en un héroe,
porque mostró su tenacidad para
superar esta dificultad tan grave: “El
cuerpo no es lo único que somos.
La mente y el espíritu lo trascienden”,
manifestaba Reeve. El logró disuadir
de suicidarse a algunas personas, que
sufrían lesiones parecidas. Les
hablaba “de los múltiples
recursos de que disponen, del estado
de la investigación, sobre todo
en lo referente a la fase aguda de la
lesión, y de las posibilidades
de rehabilitación”. También
les decía que, “aunque
al principio es imposible pensar siquiera
en rehacer su vida, hay que esperar
a que pase la conmoción y las
cosas se vean con más claridad.
Entretanto, no hay que cometer una imprudencia.
Hasta ahora, ninguno de mis aconsejados
ha muerto. Y me llaman, ¡Ay!,
hasta una vez a la semana. Recibo llamadas
de todas partes del mundo”.
Cuadripléjico, escribió
libros, ayudó con su dinero a
crear centros de investigación
para los paralíticos, propuso
una ley en pro de las víctimas
de las parálisis, hizo una película
(“La historia de Brooke Ellison”)...llevó,
como él manifestó en alguna
ocasión, “una vida plena”.
Se aferró con determinación
a la vida, y se ganó el mejor
“Óscar” al que pudo
aspirar un actor como él: Ser
considerado un verdadero Héroe...sin
tener que lucir el disfraz de Supermán.
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